Todos nosotros en algún punto hemos tenido que lidiar con la falta de perdón. Cuando dejamos que un espíritu de amargura se albergue en nuestras almas, donde puede crecer y ulcerarse, se torna a la vez doloroso y destructivo. La falta de perdón es la raíz de muchos de los problemas físicos, emocionales, psicológicos y espirituales que se observan en la actualidad.
El apóstol Pablo escribió: «Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo» (Ef 4.31, 32)
Cuando Pablo hablaba de amargura, ira, enojo, gritería y maledicencia, estaba describiendo las manifestaciones nocivas y feas de un «espíritu no perdonador». La pregunta es, ¿qué hará usted cuando alguien le ofenda con sus palabras o haga algo deliberado para herirle? ¿Sabe cómo extenderle perdón a una persona, de la misma manera que Cristo se lo extendió a usted?
Tanto perdonar como no perdonar son decisiones que tomamos con la voluntad. Negarnos a perdonar a la otra persona, sin importar cuán grave sea el delito cometido, siempre es una decisión devastadora porque nos ata y nos pone en yugo con el ofensor.
Nuestro perdón no implica que la persona que nos hizo daño haya tenido la razón o «quede libre de culpa». Perdonar significa que estamos dispuestos a confiar que Dios se encargará de los problemas y de aquellos que nos hacen daño, en su tiempo y a su manera.
Obedece a Dios y deja las consecuencias en sus manos.
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Charles Stanley.
Bendice a tus seres queridos compartiendo este hermoso mensaje!
¡DIOS TE AMA!
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